sábado, 14 de junio de 2014

Uruguay un país chiquito pero con garra...

No se hasta donde llegaremos en este mundial de futbol
2014, pero lo que sí sé es que los restantes paises del mundo van a tener que remar mucho para igualarnos, teniendo en cuenta que solo somos tres millones y medio de habitantes

La Selección de fútbol del Uruguay es el equipo representativo del país en las competiciones oficiales. Su organización está a cargo de la Asociación Uruguaya de Fútbol, perteneciente a la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol). A nivel de selecciones mayores suma 20 títulos oficiales internacionales (15 Copa América, 2 Mundiales de fútbol, 2 Juegos Olímpicos y 1 Copa de Oro), siendo el país más laureado del mundo.
20 títulos (récord mundial)
La selección de Uruguay ha marcado la historia tanto a nivel mundial como a nivel continental ocupando el primer lugar en cantidad de Copas América ganadas, habiendo conquistado esta en 15 oportunidades, seguido por Argentina con 14 y Brasil con 8. Además ostenta el récord de no haber perdido jamás un partido de carácter oficial jugando como local, consagrándose campeón en todos los torneos que organizó. Actualmente es el equipo con más trofeos en la historia del fútbol mundial, lo que es todavía más destacable en un país con una población que apenas supera los tres millones de habitantes.
 


Copa Mundial de Fútbol (2): 1930 y 1950. 

Juegos Olímpicos (2): Medalla de oro en 1924 y 1928. 

Copa América (15, récord): 1916, 1917, 1920, 1923, 1924, 1926, 1935, 1942, 1956, 1959, 1967, 1983, 1987, 1995 y 2011. 
Copa de Oro (1): 1981

Uruguay es la seleccion absoluta con mas títulos oficiales conquistados en el mundo: 15 copas de America, 2 Mundiales, 2 Medallas de oro olimpicas, 1 Copa de Oro (Mundialito).
Para alcanzarnos en gloria per càpita 


Brasil tendria que ganar :


La seleccion con mas titulos oficiales + Yapa 247

La seleccion con mas titulos oficiales + Yapa880

Y Argentina :
 

La seleccion con mas titulos oficiales + Yapa47

La seleccion con mas titulos oficiales + Yapa171

Osea que Brasil ... 


Tendrìa que ganar todos los mundiales de aca al año 3002 

¡ Si yo no pido tanto !



¡Si yo no pido tanto!
Amor es lo que pido.
Briznas de amor para esta sed del mundo,
tan grande y tan sumisa.
Un diminuto amor, pero constante,
que dé su mano al que su mano tienda,
que limpie las miradas y los ojos
llene de dulce lumbre.
Algo de amor en esos corazones
que no aman a los niños,
que son capaces de cegar a un pájaro,
de aplastar las hormigas.
Algo de amor; apenas un murmullo
de amor en cada pecho de criatura
hacia todos los seres,
hacia todas las cosas.

¡Si yo no pido tanto!
Briznas de amor para esta sed del mundo.
Ana Inés Bonnin Armstrong

viernes, 13 de junio de 2014

El cartero malo...


Madre, di, ¿por qué estás tan callada y tan triste, sentada ahí, en el suelo? ¿No ves que la lluvia entra por la ventana y que te está mojando? Oye, el gong está dando las cuatro y mi hermano tiene que volver ya del colegio. ¿Qué té pasa, di madre, por qué estás tan rara? ¿Es que no has tenido hoy carta de papá? A todo el pueblo le trajo hoy el cartero una carta, yo lo he visto. Sólo las cartas de papá se las guarda en un saco para leérselas él. ¡Madre! ¡Estoy seguro de que el cartero es muy malo!... Pero no estés triste por eso, madre. Mira, mañana es la feria del pueblo. Que vaya la criada y compre plumas y papel. Yo mismo te voy a escribir todas las cartas de papá. Y verás que no encuentras ni una falta. Te escribiré derechito desde la A hasta la K... ¿Por qué te estás riendo, madre? ¿Tú crees que yo no sé escribir tan bien como papá? Ya verás, yo rayaré el papel con una regla, y pondré mucho cuidado, y haré bien grandes las letras. Y cuando concluya, ¿piensas que voy a ser tonto como papá, que echa las cartas en el saco de ese cartero feo? ¡Te la traeré yo mismo al momento y te ayudaré a deletrearla! ¡Ya sé que al cartero no le gusta darte las cartas más buenas! 

Cuentos cortos de Rabindranath Tagore

jueves, 12 de junio de 2014

¿Hay algo más lindo?......

¿Hay algo mas lindo y acogedor que llegar a un hogar, un día de invierno, donde se sienta el calorcito de una estufa y se sienta ese olorcito a comida casera, pan, galletitas o un pastel recién horneado?.
¿En el que las personas que te reciben lo hacen con cariño y alegría de verte?, ¿En donde no tengas que llamar por teléfono por adelantado para avisar que vas, a donde vas por el cariño que sentís y sienten hacia ti la gente que ahí mora?. ¿En donde no vas a encontrar todo impecablemente pulcro, pero eso es lo que menos te importa?. ¿A donde hasta los perros van a estar felices de verte y te saludaran moviendo la cola?.
¿A donde la conversación puede ser tan amena que el tiempo pase sin darte cuenta?. ¿En donde lo primero que harán sera convidarte con un mate calentito para que esa charla sea la más cálidas de las bienvenidas?.
Ese lugar es mi hogar, muy pero muy humilde, pero con esa calidez humana que lo hace inigualable.
Lo mucho o poco que tengamos podes estar seguro que lo compartiremos contigo, y te vamos a hacer sentir como que estas en tu propia casa, (iba a poner como un hotel cinco estrellas, pero me di cuenta que los hoteles por mas lujosos y mejores servicios que tengan son lugares muy fríos aunque tengan la calefacción al máximo).
Les puedo asegurar que el pueblo Uruguayo es muy cálido y gentil. Si le preguntan por alguna dirección a alguien en la calle, se las va a explicar con lujo de detalles, si es que no puede acompañarlos hasta el lugar, así es nuestra idiosincrasia, educados, amables y humildes. Pero seguro, como en todos lados hay alguna ecepción a las reglas, por eso siempre hay que tener cuidado.

miércoles, 11 de junio de 2014

He aprendido....

 He aprendido que por mucho que me preocupe por los demás, muchos de ellos no se preocuparán por mí. He aprendido que se pueden requerir años para construir la confianza y únicamente segundos para destruirla. He aprendido que lo que verdaderamente cuenta en la vida no son las cosas que tengo alrededor, sino las personas que tengo alrededor. He aprendido que puedo encantar a la gente por unos 15 minutos, después de eso necesito poder hacer más. He aprendido que lo más importante no es lo que me sucede, sino lo que hago al respecto. He aprendido que hay cosas que puedo hacer en un instante y que pueden ocasionar dolor durante toda una vida. He aprendido que es mucho más fácil reaccionar que pensar… y más satisfactorio pensar que reaccionar. He aprendido que siempre debo despedirme de las personas que amo con palabras amorosas, podría ser la última vez que las vea. He aprendido que por apasionada que sea una relación en un principio, la pasión se desvanece y lago más debe tomar su lugar. He aprendido que los héroes son las personas que hacen aquello de lo que estén convencido, a pesar de las consecuencias. He aprendido que aprender a perdonar requiere mucha práctica. He aprendido que el dinero es un pésimo indicador del valor de algo o (a) alguien. He aprendido que a veces las personas que creo que me van a patear cuando estoy caído, son aquellas que me ayudan a levantar, y aquellas que creo que me van a levantar son las que me patean. He aprendido que en muchos momentos tengo el derecho de estar enojada, más no el derecho de ser cruel. He aprendido que el verdadero amor y la verdadera amistad continúan creciendo a pesar de la distancia. He aprendido que simplemente porque alguien no me ame de la misma manera en que yo quisiera, no significa que no me ame a su manera. He aprendido que la madurez tiene que ver más con las experiencias que he tenido y aquello que he aprendido de ellas, que con el número de años cumplidos. He aprendido que nunca debo decirle a un niño que sus sueños son tontos, pocas cosas tan humillantes y que tragedia si se los creyera. He aprendido que por bueno que sea el buen amigo, tarde o temprano me voy a sentir lastimada por él y debo saber perdonar ello. He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonada por los otros, a veces tengo que perdonarme a mí misma. He aprendido que por más fuerte que sea mi duelo, el mundo no se detiene por mi dolor. He aprendido que no tengo que cambiar de amigos si comprendo que los amigos cambian. He aprendido que dos personas pueden mirar la misma cosa y ver algo totalmente diferente. He aprendido que sin importar las circunstancias, cuando soy honesta conmigo, llego más lejos en la vida. He aprendido que aún cuando pienso que no puedo dar más, cuando un amigo (hijo) pide ayuda, logro encontrar la fuerza para ayudarlo. He aprendido que tanto escribir como hablar alivia los dolores emocionales. He aprendido que los títulos sobre la pared no nos convierten en seres decentes. He aprendido que es muy difícil determinar dónde fijar el límite entre no herir los sentimientos de los demás y defender lo que creo. He aprendido que..... Debo seguir aprendiendo.

 Dulce Maria Loynaz

martes, 10 de junio de 2014

Juventud

La juventud no es una época de la vida; es un estado mental. No consiste en tener mejillas sonrosadas, labios rojos y piernas ágiles. Es cuestión de voluntad; implica una cualidad de la imaginación; un vigor de las emociones; es la frescura de las profundas fuentes de la vida. Juventud es el dominio temperamental del arrojo sobre la pusilanimidad de los apetitos; del ímpetu aventurero sobre el apego a la comodidad. Esta actitud a menudo se encuentra más en un hombre de 60 años que en un muchacho de 20. Nadie envejece meramente por el número de años que ha cumplido. Envejecemos cuando desertamos de nuestros ideales. Los años pueden arrugar la piel; pero cuando se renuncia al entusiasmo le salen arrugas al alma. las preocupaciones, el temor, la falta de confianza en uno mismo, encogen el corazón y aniquilan el espíritu. Lo mismo a los 60 que a los 16, en todo corazón humano palpitan el ansia por lo maravilloso y el constante apetito – como de niño – por lo que ha de venir y la alegría inherente al juego de la vida. En el centro del corazón – del tuyo y del mío – existe una estación de radio. Mientras reciba mensajes de belleza, esperanza, alegría, valor y fuerza, tanto de los hombres como del Infinito, seguirás siendo joven. Cuando se abatan tus antenas, cuando las nieves del cinismo y el hielo del pesimismo cubran tu espíritu, entonces sí habrás envejecido, aunque sólo tengas 20 años. Pero mientras tus antenas sigan en alto, dispuestas a captar las ondas del optimismo, hay esperanzas de que mueras joven, aún cuando seas un octogenario.

La muerte está llegando....


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La muerte esta llegando, no puedo detenerla
corre rauda hacia mi como loca y furiosa,
Hace que no me ve, pero se que me mira,
espera agazapada para dar el zarpazo.

Me hago la distraida, la ignoro por completo
y sigo con mi vida sin prestarle importancia.
no es hora de partir y dejar a los mios.
Tengo mucho que hacer, me falta todavia.

Aunque quiera creer, que aún me necesitan
Yo se que en esta vida nadie es indispensable.
que si me fuera hoy, habra personas tristes
pero poquito a poco se iran acostumbrando.

No le temo a la muerte, es lo único seguro que
todos compartimos del día que nacemos.
La única experiencia que todos viviremos
y aunque nos guste o no, ese es nuestro destino.










lunes, 9 de junio de 2014

Mi propio oasis...



Necesito la soledad de las mañana
para renovar la energia de mi vida..
para leer, pensar y concentrarme y
hacer mi propio oasis  cada día.

Un oasis de amor que me de fuerzas
para que nada me pese ni me abrume.
Un oasis de donde saco la energía
para ayudar a los que mas me necesiten.

Es un oasis que me ayuda  a mantener la
calma en situaciones imprevistas
y actuar con intrepidez en casos
cuando las  circunstancia me lo exijan.

Un oasis de donde saco a borbollones
amor para entregar a los que amo,
y agua pura, limpia y cristalina
para los sedientos de cariño y compañia.

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domingo, 8 de junio de 2014

Ni una sola vez....


Ni una sola vez “Esta vez sí, esta vez sí que lo haré”. Ella sabía que no podía seguir viviendo así. Esa decisión la tenía que haber tomado seis meses antes de la boda, la primera vez que le rompió el labio. Pero ya habían pasado seis años. Cuántas veces recordaba las palabras de su madre aquella primera vez que subió a casa con el labio roto y ella le decía “mamá, yo no puedo, no quiero casarme con él”. “Pero hija, ¿qué dices? Es un buen trabajador, con él nunca te faltará un plato de comida. Lo de hoy ha sido una cosa sin importancia, no tiene por qué volver a pasar. O ¿te crees que los hombres no tienen sus cosas? ¡Anda! Olvídalo todo y vamos a cenar”. En la cena, cuando ella relató lo sucedido, nadie salió en su defensa. Ni siquiera su padre, que tantas veces le había dicho “eres la niña de mis ojos, jamás permitiré que nadie te haga daño”. Es más, cuando su madre contó los consejos que le había dado, su padre estuvo de acuerdo en todo y además añadió “hija, estará nervioso por la boda o le habrás dicho algo que no le ha gustado”. Ella solo pudo decir “pero papá, yo…”. “Verás, vas a ser la reina de tu casa… Venga, danos un beso y vete a la cama, mañana ya no te acordarás de nada”. La segunda vez, ya no fue solo una bofetada. Fue un domingo, tres meses después de la boda, al volver de un paseo, mientras se cambiaba de ropa para meterse en la cocina y empezar a hacer la cena. Todo lo que dijo fue “¿sabes? Me gustaría volver a trabajar, me gustaba mucho mi trabajo y tengo muchas posibilidades de recuperarlo. Me lo ha dicho una compañera con la que me he cruzado esta mañana”. No tuvo tiempo de decir nada más. ”Eso es lo que tú quieres, ¿verdad? Ya sabía yo… no te conformas con lo que yo gano, ¿te parece poco? Quítatelo de la cabeza, en esta casa el único sueldo que vas a tener va a ser el mío”. Mientras le decía esto, las bofetadas iban y venían cruzándole la cara. En esos momentos ya supo cómo iba a ser su vida: desde ese día ya fue una mujer maltratada, rota, pisoteada, sin opinión, sus ojos ya no brillaban con luz propia, su boca solo se abría para decir lo justo, “bien”, “vale”, “bueno”, “lo que tú quieras”. Tenía prohibido hablar con las vecinas; él siempre le había dicho que las cosas que pasaban en las casas no tenían que salir de allí. Cuando se cruzaba con ellas en la escalera hablando de sus cosas, ella sentía mucha pena porque a ella también le hubiera gustado pararse para preguntar por la señora de arriba que ya era muy mayor, o por el niño de la chiquita jovencita del bajo que acababa de nacer hacia unos meses. Cuando peor lo pasaba era cuando iban a visitar a sus padres. En esas ocasiones, él le obligaba a ponerse sus mejores ropas y su mejor sonrisa. Su madre siempre le decía lo mismo, “estás más delgada, pero estás muy guapa, se ve que os va bien”. Ella ya no sabía si lo que sentía por su madre era rencor o pena. Esa persona no podía ser la madre que ella recordaba. Si no, ¿por qué nunca le preguntaba? ¿O es que no veía que ella ya no era la misma, que solo vivía por fuera pero que por dentro estaba vacía, que no quedaba nada de la hija que salió de su casa para casarse con el hombre equivocado? ¿Por qué no le preguntaba por qué nunca se ponía manga corta en pleno verano? “Y es que para ti, mamá, él sigue siendo un buen trabajador”. A los cinco años ya había perdido toda identidad. Ya era la ocupa, no solo para él sino también para los malos amigos que se reunían todos los viernes en su casa. Los odiaba con toda su alma. Era tanto el temor que le tenía a su marido, que ya lo hacía todo sin abrir la boca. Y si alguna vez se equivocaba en la cosa más mínima, allí estaban los insultos y las bofetadas. Ese viernes ya lo tenía todo pensado: se quedaría corta de bebida y, entre insulto e insulto y las risas de sus amigos, él la mandaría a por bebida. Llegó el viernes y todo salió como ella lo había planeado. Era la única forma de salir sin tener que darle explicaciones, ya que era él quien la mandaba a comprar. Cuando cogió las llaves del cajón notó que no le temblaban las manos, que las cogía con mucha firmeza y eso todavía le dio más fuerzas. Cuando salió a la calle, pasó el primer bar, pero siguió; pasó una pequeña tienda donde solía comprar a veces, pero también siguió. Al final de la calle estaba el súper con sus grandes ventanales, y desde fuera podían verse las bebidas que ella había comprado tantas veces. Cuando se vio reflejada en el cristal, a punto de abrir la puerta, empezó a temblar. Era esa tembladera que ella conocía tan bien, la que vivió todos los días durante seis años cuando oía el ruido de las llaves en la cerradura. Mientras salía de la comisaría, después de haber relatado su caso, empezó a respirar, empezó a mirarlo todo con la cabeza alta, muy alta. Lloraba, pero esta vez sus lágrimas no le hacían daño, eran besos que le daba el aire. En su euforia, empezó a tirar de las mangas de la blusa. Cuando se miró los brazos ya no veía cardenales sino mariposas tatuadas que le prestaban sus alas para ayudarle a volar y recuperar por fin su nombre: Libertad.

Midala.